Daroca, destino histórico

Castillo Mayor

Quisiera destacar algunos motivos que determinaron a Daroca como lugar de destino; como meta adonde ir por diversos motivos.

Daroca fue destino, siempre deseado destino, desde que los musulmanes, buscadores de paraísos terrenales en este mundo, se fijaron a finales del s, VIII en una hermosa zona, fértil, vivificada por una corriente espléndida de agua, el río Jiloca, y fundaron la ciudad de Saluqua. Pronto, durante el s. IX, la medina de Daroca fue una importante relevancia entre las ciudades más destacadas de la Marca Superior del Alandalús. Por aquel entonces, Daroca se había convertido en un gran centro comercial y defensivo. La población iba en aumento. Musulmanes, judíos, e incluso cristiano en ella. Sobre la ciudad se alzaba el castillo-fortaleza, vertebrador de todo ese dominio (“Guía de Daroca” – PRAMES). Ya ha emergido históricamente el Castillo Mayor, centro estratégico dentro de unas grandes, imponentes, prolongadas murallas, junto con las primeras de San Cristóbal y Torre de San Jorge. Con todo este conjunto, la ciudad se alzaba hermosa, atractiva, tratando de ser vista. Daroca comenzó a ser deseado destino. Primero, el Cid, en el s.Xl, merodeó por su entorno, llegando a hacerla tributaria suya; y más tarde, en 1120, Alfonso I el Batallador la reconquistará para la causa cristiana. Gracias a este acontecimiento, Daroca alcanzó un esplendoroso crecimiento. Se constituye en cabeza de la Comunidad de Aldeas de su entorno, que, por cierto, se refugiarán dentro de sus murallas en tiempos de belicosas contiendas. Situada en alto, avistada desde lejos, anunciada por la riqueza de su vida comercial y sus celebradas ferias, se constituye por siglos en plaza deseada militarmente por Jaime I el Conquistador, los Templarios o los reyes castellanos. Las murallas, su castillo y sus ya numerosas torres, fueron distintivo de una Daroca que invitaba al viajero, al comerciante, al guerrero, a tenerla como lugar de su destino.

Otro motivo estrechamente unido con el anterior: La plaza fuerte de Daroca fue también límite y avanzadilla de la Reconquista hacia Levante. De sus murallas salían las mesnadas de caballeros a pelear contra los musulmanes en tierras levantinas. Una de estas muchas salidas se dio en 1239, provocando el enfrentamiento en el Pueyo de Codol, cerca de Valencia. Las tropas aragonesas se prepararon para la batalla confesándose y deseando comulgar antes de la misma. Esto último no pudo ser. Una intempestiva salida de los aguerridos moros suspendió forzosamente la celebración, debiendo acudir la tropa a combatir la provocación de los moros. Cuando, después de largo y feroz enfrentamiento, las tropas Cristianas volvieron al lugar donde se había iniciado la misa, al recuperar el pan consagrado, el cuerpo sacramentado del Señor Jesucristo, se encontraron con que las formas estaban teñidas de rojo, como si la sangre sacramental de Cristo las hubiese empapado. Las tropas cristianas, los fieles cristianos, consideraron este evento como un singular milagro. Y la disputa entre poblaciones por determinar dónde se albergarían las formas consagradas milagrosamente teñidas con la sangre de Cristo, y los corporales o lienzos que las recogían, hizo que la suerte las llevase hasta la entrada misma de la Puerta Baja de Daroca, cuya población estimó que, como reza desde entonces el escudo de la ciudad, Non fecit taliter omni natione (Dios no hizo nada semejante con ninguna otra nación). Desde aquella lejana fecha Daroca se constituyó en un nuevo punto de atracción multitudinario y multisecular. Reyes y mendigos, nobles y plebeyos, peregrinos y comunidades enteras se propusieron Daroca como destino, y fueron llenando las páginas de tan singular atracción, que esta vez se centraba en el templo, románico inicialmente y desde el XVI renacentista, la colegiata-basílica de la Asunción de Nuestra Señora y de los Sagrados Corporales, y en la simpar capilla de la misma que los albergaba. De todos los lugares de España se peregrino a Daroca; en todas las naciones de Europa se pronunció el nombre de Daroca, convertido en singular destino de peregrinación cristiana.

Texto: Pedro Calahorra, Institución Fernando el Católico

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